BEIJING: RAFA DISFRUTA EN GRANDE LA CEREMONIA DE APERTURA
Después de ver la impresionante, imponente, magistral, emocionante y electrizante ceremonia inaugural de los XXIX Juegos Olímpicos de la era moderna, resulta incluso sencillo creer en los vuelos «a cappella» de los protagonistas de «La casa de las dagas voladoras» o de «Hero», ambas, películas dirigidas por Zhang Yimou, también el responsable de esta espléndida apertura.
La imaginación del hombre va siempre más allá y la de este extraordinario cineasta chino lo confirmó.
Precisión absoluta, inmenso trabajo. La gloria, en resumen. Difícil es describirlo, hay que verlo. Dos horas antes de que Hu Jintao, presidente de la República Popular China, diera por comenzada la ceremonia, hubo aperitivos escénicos de fácil digestión; pero nada comparable a lo que se avecinaba.
A las siete y media de la tarde, la una y media del medio día en la España peninsular, entraron sigilosamente en el estadio los primeros actores de los 14.000 que a lo largo de tres horas mágicas iban a intervenir. A diez minutos del pistoletazo inicial, de las ocho y ocho, así son los chinos, retumbaron cientos de tambores iluminados, como uno solo; los inmóviles, hasta entonces, percusionistas, adquirieron vida y los primeros fuegos artificiales iluminaron el plomizo cielo de Pekín. Yimou debería proponerse colgar el sol en la capital china. Lo conseguiría. Si sus gobernantes son capaces de provocar lluvia...
El calor, el principio de deshidratación, una amenaza de tanto sudar, dejó de ser molestia porque lo que se veía era algo excepcional, por irrepetible. Mientras Yimou presentaba grupos de danza, escenas de la China imperial, característicos cuadros de artes marciales, niños cantores, la alfombra luminosa -pantalla inacabable que surcaba el «terreno de juego» de un extremo a otro mostrando preciosas imágenes a cámara lenta-, los miles de voluntarios repartidos por las gradas del estadio se esmeraban en hacer llegar hasta los periodistas notas y más notas de prensa con comentarios de grandísimos deportistas deslumbrados. Pero de la lista de las personalidades del palco, ni pío. ¿Por seguridad? «Tal vez», contestaban.
Llegadas las 21:00 horas surgió del centro del estadio un fabuloso globo de 36 metros de alto, sobre el que se veía reflejada la tierra, a veces, y por el que andaban ingrávidos corredores, mientras Sarah Brightman cantaba «You and me» formando dúo con otro ídolo local. Y en el palco, Hu Jintao, al lado de Jacques Rogge, presidente del COI, y próximo a él, en primera fila, Juan Antonio Samaranch, agasajaba a no menos, decían, de sesenta mandatarios de todo el mundo.
España estaba representada por los Príncipes de Asturias y los ministros Moratinos y Sebastián. Entre los dignatarios, George Bush, Nicolas Sarkozy, Vladimir Putin y Lula da Silva. De las medidas de seguridad previstas para protegerlos, a ellos y a todo el pueblo llano, apenas se percibía el vuelo de algún helicóptero.
Después, llegó el momento de los deportistas. La primera delegación que apareció fue la de Gre- cia. La salida a escena de España, con David Cal de abanderado, se produjo a las diez menos diez y Juan Antonio Samaranch recibió a sus deportistas en pie. Y éstos, por encima de todo el protocolo, rompieron la formación y muchos de ellos se dirigieron a las cámaras, para empezar, y luego no dudaron en acercarse a las gradas para saludar a los espectadores. Y los conquistaron, con Rafa Nadal mezclado entre ellos, con traje rojo, y ellas, de amarillo.
Fue una fantástica improvisación que al personal del estadio le rompió los esquemas. Esto empieza bien. Fue la formación más anárquica, también la más próxima y simpática. España fue el país número 75 en desfilar. Luego, quiso el azar que los estadounidenses aparecieran a continuación de los rusos. Estaba previsto que desfilaran 205 países, pero, a última hora, el COI no admitió a los deportistas de Brunei porque no habían sido inscritos en los Juegos. Cuando apareció China el «Nido» se vino abajo. Londres en 2012, y ojalá Madrid en 2016, tendrá que esmerarse para escenificar algo semejante. Qué suerte estar allí. Y qué magníficas sensaciones despierta España, un «show».


